Redacción.- La huida del excandidato presidencial Flávio Bolsonaro, quien fue acogido este miércoles por Estados Unidos, abrió una nueva grieta en las maltrechas relaciones diplomáticas entre Brasil y el Gobierno de Donald Trump.
Bolsonaro llegó este miércoles a Miami después de salir de Brasil en secreto, vulnerando una orden judicial que le impedía viajar al extranjero, dictada en el marco de una investigación relacionada con el blanqueo de capitales.
El Gobierno de EE.UU. adelantó el martes que expediría visados para el hijo del expresidente Jair Bolsonaro (2019-2023) y su familia.
Mientras, Trump, aliado político de los Bolsonaro, opinó públicamente que las elecciones brasileñas del domingo pasado, en las que el presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, ganó la reelección con un amplio margen de cuatro millones de votos, «parecían fraudulentas».
En un primer momento, Flávio Bolsonaro no reconoció su derrota, pero posteriormente sí lo hizo el Partido Liberal (PL), fuerza en la que militan el ahora excandidato y otros miembros de su familia, que ganaron escaños en el Congreso Nacional.
Una «deslegitimación» de la Justicia brasileña
La decisión de Washington de recibir a Flávio supone un paso más en el deterioro de las relaciones entre los dos mayores países del continente porque «alimenta una percepción de deslegitimación institucional», dijo a EFE el abogado Guilherme Amorim, doctor en derecho constitucional de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP).
«Si Estados Unidos concede un visado de asilo político, Washington afirmará oficialmente que el sistema judicial brasileño persigue a opositores. Esto es más grave que las sanciones de la Ley Magnitsky», afirmó el experto.
El año pasado, el Gobierno de EE.UU. recurrió a esa ley, pensada para penalizar a autoridades extranjeras responsables de violaciones a los derechos humanos, para sancionar a Alexandre de Moraes, el juez de la Corte Suprema que instruyó el juicio contra el expresidente Jair Bolsonaro por golpe de Estado.
«El senador Flávio Bolsonaro está creando el relato de que se está exiliando, de que corre un riesgo, de que está perseguido política y judicialmente, de que está asilado bajo el Gobierno estadounidense», agregó el analista.
La protección a Flávio, según Amorim, también puede tener impacto en la cooperación jurídica entre ambos países en casos de lavado de dinero y lucha contra el crimen organizado y, además, abre la puerta a la imposición de nuevas sanciones contra policías y fiscales de Brasil.
Asimismo, «contamina» las negociaciones comerciales que realizan los Gobiernos de ambos países sobre los aranceles impuestos por Washington a Brasil el pasado julio.
Una postura «pragmática» de la Cancillería
El Gobierno brasileño de momento no ha respondido de forma oficial a la acogida de Bolsonaro por parte de Estados Unidos y Lula, aunque ha criticado a Flávio, no ha cuestionado la postura de Trump.
La cautela igualmente ha llevado al canciller, Mauro Vieira, a mantener su viaje a Atlanta (EE.UU.), previsto para los próximos viernes y sábado, a fin de participar en la reunión de ministros de Exteriores del G20, según fuentes de la cancillería consultadas.
La respuesta de la diplomacia brasileña «tiende al pragmatismo» y procura evitar que se cierren canales de diálogo con Washington, según el analista.
Lula tiene encima de su mesa una decisión que precisamente podría servir para abrir un importante canal de diálogo con la Casa Blanca o cerrarlo de forma definitiva: dar una respuesta al nombramiento del nuevo embajador estadounidense en Brasilia, Daniel Pérez.
La decisión está pendiente de análisis desde antes de las elecciones. La demora de Lula en dar una respuesta causó malestar en el Gobierno de Trump, que presionó con la cancelación del visado de la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Viotti.
Lula vio en esas presiones diplomáticas y en los aranceles un intento de «injerencia» extranjera en las elecciones, con el supuesto propósito de favorecer a Flávio Bolsonaro en las urnas.
El Gobierno de Trump además decidió, en plena campaña, incluir dos bandas de narcotraficantes brasileñas en su lista de organizaciones terroristas internacionales.
Bolsonaro aprovechó ese anuncio para hacer campaña agitando la bandera de la lucha contra la criminalidad, mientras que Lula lo rechazó alertando de que podría amparar una intervención militar estadounidense en el país suramericano.
