Santo Domingo.- El 31 de agosto de 1979, la historia meteorológica y social de la República Dominicana dio un giro drástico e inolvidable. El huracán David, un monstruoso fenómeno de categoría 5, tocó tierra nacional por la zona de Nigua, en San Cristóbal, tras un cambio imprevisto en su trayectoria que sorprendió al país entero.
Inicialmente pronosticado para bordear la costa sur, el ojo del huracán ingresó directamente al territorio nacional azotando con furia desmedida el Gran Santo Domingo y la región central. Sus vientos sostenidos de hasta 240 kilometros por hora y las lluvias torrenciales destruyeron viviendas, derribaron el tendido eléctrico y arrasaron con aproximadamente el 70 por ciento de la producción agrícola nacional.
Las inundaciones repentinas y el desbordamiento de ríos provocaron tragedias inolvidables, como el colapso de refugios improvisados en distintos puntos del interior del país. Se estima que el fenómeno cobró la vida de más de 2,000 personas y dejó a más de 200,000 ciudadanos sin hogar, convirtiéndose en uno de los desastres naturales más mortíferos del siglo XX en el Caribe.
Por si fuera poco, la situación humanitaria y de rescate se vio severamente obstaculizada apenas cinco días después con la llegada de la tormenta tropical Federico, la cual prolongó las precipitaciones sobre suelos ya saturados.
A casi cinco décadas de aquel trágico episodio, el huracán David permanece en la memoria colectiva dominicana como una profunda lección sobre la vulnerabilidad ante la naturaleza y la urgencia de mantener sistemas de prevención eficaces frente a fenómenos atmosféricos extremos.
