Tracy, California. La desaparición y posterior asesinato de la niña Sandra Renne Cantú, de 8 años, conmocionó a Estados Unidos y dejó al descubierto un crimen perpetrado por alguien de total confianza: la madre de una de sus amigas, vecina del barrio y maestra dominical en una iglesia.
Sandra fue vista por última vez la tarde del viernes 27 de marzo de 2009, cuando salió de su casa para jugar en su vecindario, un parque de casas prefabricadas en la ciudad de Tracy.
Al no regresar, su madre, María Chávez, alertó a las autoridades. La búsqueda movilizó a más de 200 agentes, 300 voluntarios, perros rastreadores, helicópteros y al FBI, que inicialmente siguió el perfil de un agresor sexual masculino.
Dos semanas después, el lunes 6 de abril, trabajadores hallaron una valija cerrada con candado en un estanque de aguas residuales, a unos tres kilómetros del barrio.
En su interior estaba el cuerpo sin vida de la menor. La autopsia determinó que fue drogada, abusada sexualmente con un objeto y estrangulada.
Las investigaciones condujeron a Melissa Huckaby, de 28 años, madre de una amiga de Sandra y maestra en una iglesia cercana.
La mujer había denunciado el robo de una valija el mismo día de la desaparición y entregó notas anónimas con información falsa para desviar la pesquisa. Cámaras de seguridad, testigos, pruebas de ADN y objetos encontrados en la iglesia y en su vivienda la vincularon directamente al crimen.
Huckaby fue arrestada el 10 de abril de 2009 y posteriormente se declaró culpable para evitar la pena de muerte. Fue condenada a prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Según la fiscalía, el móvil del asesinato fue “llamar la atención”.
La familia de la víctima pidió a la justicia que no se difundieran imágenes ni detalles gráficos del crimen. El caso de Sandra Cantú dejó una lección que estremeció a la opinión pública: el peligro no siempre proviene de un desconocido y la violencia no tiene género ni apariencia.
